La Habana: entre dos mundos

Es difícil visitar La Habana y no enamorarse de esta bellísima y decadente ciudad. La capital de Cuba se ha acostumbrado a vivir siempre entre dos realidades; la del socialismo y el capitalismo, la de su pasado y su futuro, la de la alegría y la necesidad...

Texto y fotos: Gonzalo de Martorell. 

Cuba es en realidad una contradicción en forma de isla plantada en medio del Caribe. Una contradicción que obliga a la mayoría de cubanos a estar eligiendo continuamente entre el recuerdo de la revolución sin renunciar a otros referentes más actuales y entre el recelo con el que siguen mirando a su gigantesco vecino del norte pero anhelan sus dólares.

Y eso es algo que conviene tener muy presente cuando se visita por primera vez La Habana y se descubre, con cierta sorpresa, que el Che y Fidel compiten con Cristiano Ronaldo y Messi en la iconografía popular y que el reggaeton que suena a través de las emisoras latinas instaladas en Miami ha calado entre la juventud bastante más que los cantos revolucionarios.

La Habana es la capital de un país en el que conviven el rigor marxista con la alegría de vivir caribeña y la tradición española...

¡¡¡Una combinación explosiva!!!

Historia en cada esquina

 Conviene señalar que La Habana es una ciudad extraordinariamente segura. De hecho los propios habaneros presumen de ello y apenas hay delincuencia, más allá de la que pueda provocar una mala borrachera de ron. En primer lugar porque el gobierno es inflexible e implacable con cualquier maltrato a un turista -está penado con 10 años de cárcel- y cada pocos metros agentes de policía especializados se aseguran de que sea así. Y en segundo lugar porque el carácter cubano es más de convencer a base de simpatía e insistencia que de malos modos.

Caminar por la Habana permite viajar en pocos pasos de la etapa colonial española a la revolucionaria, pasando por la guerra fría y el llamado “periodo especial” que se inicia con la caída del bloque soviético. Lo más práctico es dividir la ciudad en sectores y descubrir los detalles de cada uno antes de pasar al otro; Habana vieja, Centro Habana, Miramar -la zona residencial donde se encuentran las embajadas y edificios gubernamentales- o El Vedado, que fue la última zona construida antes del triunfo de la Revolución y permite intuir como era La Habana durante la época de los casinos y la mafia.

En La Habana Vieja, sin embargo, se encuentra el centro histórico de la ciudad y el mayor reclamo turístico de la capital. Un conjunto de callejuelas intrincadas en una mezcla anárquica pero eficaz de estilos y colores que en 1982 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pocas experiencias tan intensas como perderse por la ruidosa calle Obispo, por la de Amargura, por la calle O´Really -donde se encuentra el Hotel Ambos Mundos en el vivió Hemingway- o descubrir la coquetona Catedral de La Habana y pocos metros a su izquierda, en la calle Empedrado, la famosa Bodeguita del Medio... el local de mojitos más visitado de Cuba. Tanto éste como El Floridita, donde sirven los mejores daiquiris eran los locales preferidos del escritor norteamericano.

Las recuperadas y coloristas Plaza Vieja y Plaza Nueva nos transportan a los días en los que La Habana era el puerto comercial principal de la flota española en el Caribe. Para protegerla, justamente, se construyó la imponente fortaleza de San Carlos de la Cabaña, que preside el puerto de La Habana y fue en su momento la construcción militar más grande y cara del mundo. Carlos III llegó a decir de ella que debía estar hecha de oro por lo que le había costado... y ahí sigue, casi tres siglos después, dominando la bahía.

Viaje en el tiempo

Igualmente interesantes aunque más modernos son el Palacio y Museo de la Revolución -la residencia del dictador Fulgencio Batista antes de su derrocamiento- dedicados a las campañas bélicas castristas y fácilmente reconocibles por el carro de combate que se expone en la puerta y que Fidel Castro comandó durante la invasión de Bahía de Cochinos.

Seguimos en clave política y se hace obligada la visita a la Plaza de la Revolución, una de las más grandes del mundo con 72.000 metros cuadrados y conocida por sus edificios decorados con las imágenes del Che y Camilo Cienfuegos. Por encima de todos ellos destaca el monumento a José Martí, la construcción más alta de Cuba, con casi 142 metros. Curiosamente, aunque ha sido el escenario habitual de las masivas arengas castristas, tanto la plaza -que antes se llamaba Plaza Cívica- como el gigantesco monumento fueron creados durante el régimen de Batista. Para llegar hasta allí hay que pasar justo enfrente de la imponente escalinata de entrada al edificio de la Universidad.

Culminamos nuestro breve recorrido por la capital cubana ¿cómo no? con un paseo por el Malecón, la arteria vital de la ciudad. Lo preside el Morro de la Habana -una extensión de la fortaleza de San Carlos- al que se llega cruzando la bahía y que cada noche a las 21 recuerda con un cañonazo cuando se cerraba el fuerte para evitar los ataques de los corsarios ingleses.

Pese a todo, alegría

 Cuba es una sociedad castigada por las propias limitaciones de su sistema y por un embargo comercial injustificable a estas alturas del siglo XXI, que los cubanos de a pie han acabado cargando sobre sus espaldas. No hay carencia de productos de primera necesidad pero sí se echan en falta infinidad de otros bienes de servicio y consumo. Quizás el ejemplo más llamativo -aunque sin duda el menos dramático- sea el de sus coches. La Habana es un verdadero museo vivo del automóvil. La importación de vehículos americanos se detuvo en 1959 y desde entonces los cubanos se han esforzado por mantener operativos reliquias como Cadillacs, Oldsmobiles, Dodges o Plymouths de mediados del siglo XX. Paradójicamente este símbolo de aislamiento -al que los cubanos llaman cariñosamente “almendrones”- se ha acabado  convirtiendo en uno de los principales atractivos de La Habana y empiezan a costar una fortuna.

Otra consecuencia de ello es, por ejemplo, que en los restaurantes -llamados “paladares” y de gestión privada- no siempre están todos los platos de la carta disponibles o las propuestas -al margen de la mejor o peor elaboración- sean muy similares ya que dependen de la disponibilidad de la materia prima. No es Cuba un país que destaque, en ese sentido, por una gastronomía sofisticada así que lo mejor es ir sobre seguro y apostar por la sencillez antes que por la aventura.

Además, en caso de duda, siempre nos quedarán los innumerables puestos callejeros para matar el gusanillo. Son imprescindibles, en cualquier caso,  la “ropa vieja” -el guiso de verduras y carne desmenuzada es herencia andaluza- y la omnipresente fritura de malanga, un tubérculo que se amasa con harina, huevo, ajo, cebolla y perejil y se fríe en forma de bolas. En La Habana, en general, los fritos están muy bien tratados y el resultado es delicioso...

Y si no… siempre nos quedarán la fruta tropical -fresquísima, abundante, barata y que se vende por doquier- y un buen combinado con ron -también a discreción en cualquier garito, del más sencillo al más sofisticado- para recordarnos lo que es el verdadero sabor del Caribe...

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