La gran ruta de Suiza: la magia de los Alpes en verano

No es cierto que los suizos sean fríos y calculadores. Basta recorrer su “Grand Tour”, su carismática ruta de alta montaña para descubrir no solamente parajes de postal sino también una cultura rica y diversa, deseosa de romper tópicos y mostrar su cara más amable y accesible...

Texto: Gonzalo de Martorell.

Fotos: Turismo de Suiza, Eduardo Grund y G. de Martorell.

La llaman la “Gran Ruta Suiza” y tal calificación es mucho más que una declaración grandilocuente; a través de sus 1600 km atraviesa cinco puertos alpinos, pasa por 22 lagos y llega hasta doce rincones declarados patrimonios mundiales de la UNESCO.

Además -para los viajeros más concienciados con la sostenibilidad y el medio ambiente- desde abril de 2017 se puede recorrer por completo en coche eléctrico ya que dispone a lo largo de recorrido de más de 100 hoteles con estaciones de carga y más de 200 puntos de recarga para este tipo de vehículos. En cualquier caso recorrer la “Gran Ruta” permite -sobre todo- adentrarse de pleno en un país que ofrece mucho más que los estereotipos a los que lo asociamos y descubrir joyas escondidas en la cadena montañosa más espectacular de Europa.

El “Grand Tour” -en definitiva- vendría a ser algo así como la “Ruta 66” de los amantes de la alta montaña y como todo trazado mítico dispone también de su propia señalización característica.

De Juego de Tronos a James Bond

Nuestro viaje comienza en Castelgrande, una preciosa fortaleza medieval digna de cualquier episodio de Juego de Tronos y que preside la coquetona localidad de  Bellinzona. El castillo está integrado de modo natural en las rocas y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Situado en el Ticino, el corazón de la Suiza “italiana”, habremos llegado hasta allí desde Zurich -la capital económica de la Confederación Helvética- por la ruta de San Gotardo, desde hace siglos el paso natural a través de los Alpes.

Es fácil pensar que en un viaje por la Suiza alpina a través de sus carreteras de montaña más salvajes no vamos a encontrar a nuestro paso otra cosa que variaciones sobre el mismo tema.

En cierto modo es así y en cierto modo, también, es tan injusto como decir que en un destino caribeño solamente vamos a encontrar playa. Obviamente lo que ofrece la Gran Ruta es paisaje alpino en su máxima expresión... pero son los matices los que marcan la diferencia.

Nuestro segundo destino, por ejemplo, permite pasar de la base de un glaciar directamente a un fértil viñedo. Para ello basta con recorrer los 250 kilómetros que separan Bellinzona de Spietz a través de una de las carreteras más míticas e impresionantes del mundo: “La Tremola”. Sigue un trazado natural por el valle, fue construida a principios del siglo XIX y reconstruida en 1937 y 1941 con cientos de miles de bloques de granito tallados directamente, formando un pavimento indestructible.

Resulta difícil no sentirse pequeño ante tanta exuberancia... y para los conductores resulta difícil igualmente no sonreír al volante ante la perspectiva de las infinitas serpentinas que se enroscan desde Airolo y llegan a los 2106m de altitud del puerto del Gotardo. Enlazaremos con el puerto de Furka que, con sus 2229 m es el punto de mayor altitud de la Gran Ruta., El trayecto hasta el Furka se hizo mundialmente famoso gracias a la película “Goldfinger” en la cual James Bond lo recorría a toda velocidad al volante de su Aston Martin.

El país de los trenes

Suiza tiene la red ferroviaria más extensa del mundo por superficie y los trenes funcionan extraordinariamente bien. Cada pequeña línea férrea local nos abre la puerta a excursiones imprescindibles ya que la mayoría de ellas llevan a destinos hasta los que es imposible acceder por otros medios

Existe, por ejemplo, la posibilidad de ahorrarse la intensidad del Furka, la Tremola y el paso de San Gotardo cargando el coche en un tren -el Matterhorn/Gotthard Bahn que -a modo de ferry sobre railes- nos acercará desde Oberwald hasta Goppenstein por 27 euros.

Desde allí apenas 27 kilómetros nos separan de los viñedos de Spiez, sus excelentes vinos blancos y la impresionante belleza de Interlaken por la que vale la pena perderse un buen rato.

Otra posibilidad es el pequeño tren cremallera del Brienzer Rothorn -una reliquia a vapor que apasionados voluntarios cuidan con mimo- que asciende desde Spiez hasta Brienz en un recorrido de altura que deja sin habla porque parece más propio para un helicóptero que para un tren.

Para descansar de tantas emociones y “volver a la tierra” nada mejor que un paseo por la región de Emmental, descubriendo y disfrutando las pequeñas queserías de Affoltern im Emmental.

Lucerna: saludando al viejo león herido

Habiendo recobrado fuerzas con algunos de los mejores quesos del mundo toca ya dirigirse a la que, para muchas guías de viajes, es la ciudad más bonita de Suiza: Lucerna.

Dos de los rincones más visitados de Suiza están, precisamente, en esta ciudad; el Kappelbrucke -el majestuoso puente cubierto de madera- y el monumento del león moribundo, una estatua dedicada a los 300 soldados de la Guardia Suiza que murieron en 1792 defendiendo el Palacio de las Tullerías de París durante la Revolución Francesa. La obra estremece por su realismo y Mark Twain dijo de ella que era "el trozo de piedra más triste, conmovedor y contundente del mundo".

Por su parte, el  Kapellbrücke, es el puente de madera más viejo de Europa y fue construido en el año 1365. Conecta la ciudad vieja con la ciudad nueva cruzando el río Reuss y justo en medio encontramos la Torre del Agua o Wasserturm, el verdadero símbolo de la ciudad.

Antes de volver a casa urge recuperar el espíritu de alta montaña con una otra excursión en el tren de la Rigi hasta el Hotel Rigi Kulm desde Vitznau. El Rigi es un verdadero templo del senderismo desde 1871, cuando llegó hasta allí el primer remonte de montaña. Desde la cima podemos disfrutar, nada más y nada menos, que de la visión de 13 lagos, todos los Alpes y hasta la Selva Negra.

Carácter blanco

Suiza se esfuerza por mostrar al mundo que es mucho más que “esquí, relojes y chocolate”. Incluso que es mucho más que un centro de poder bancario. Es también un país repleto de rincones encantadores y gente deseosa de mostrarlos al calor de una buena charla frente a un vaso de cualquier excelente vino blanco local o de un Apricotín, un típico licor de albaricoque.

Los mediterráneos solemos exagerar -al fin y al cabo eso forma parte natural también de dicha condición- sobre el tradicional carácter frío, incluso cortante, de los suizos. Y como todos los tópicos conviene aplicarle también una buena dosis de escepticismo. Suiza es un país de contrastes que pasa de la vehemencia italiana a la elegancia francesa y a la austeridad calvinista apenas en dos horas de autopista y eso es precisamente lo que nos podemos encontrar a lo largo de nuestro viaje.

Pretender que la manera natural de ser de los suizos es la extroversión sería tan falso como presentarlos como gente hermética incapaz de cualquier tipo de empatía. Probablemente lo más justo sería decir que nuestros anfitriones gestionan de modo diferente su efusividad porque la consideran un rasgo tan íntimo que, como tal, sólo se ofrece a quien la merece.

Pero los suizos se distinguen también por tener bastantes menos prejuicios y bastante más sentido del humor de lo que los latinos a menudo imaginamos.

Suiza, en verano, también tiene magia. Y su Gran Ruta nos la descubre...

Más información:  www.MySwitzerland.com/grandtour

Un recuerdo  muy especial

Si algo distingue a los helvéticos es su meticulosidad y no podía ser menos tratándose de una ruta que pretender dar a conocer algunos de los más bellos parajes del país. Por eso el recorrido por el Grand Tour incluye un generosísimo box de pic-nic para dos personas y personalizado con algunos de los excelentes productos locales que pueden adquirirse en 51 puntos de venta oficiales a lo largo del recorrido a un económico precio de 20 Francos Suizos. La preciosa caja, además, nos la llevamos a casa de recuerdo...

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